EL CAMINO DE LA PAZ: EL ACUERDO

HERNANDO GÓMEZ BUENDÍADomingo, 9 de septiembre de 2012

PUBLICADO EN RAZÓN PÚBLICA

 

El Director de Razón Pública analiza con rigor el texto del Acuerdo para tratar de aclarar qué sigue y qué podemos esperar los colombianos.

El Acuerdo como tal no crea obligaciones y no altera el balance de fuerzas militares ni políticas entre los bandos.    

En síntesis

Como este texto no puede ser muy breve, comienzo por apretar sus conclusiones:

  1. Este será el primer proceso de paz entre las FARC y el gobierno de Colombia.
  2. También, por primera vez, será posible la paz entre el Estado y la guerrilla principal de Colombia.
  3. No habrá tregua ni acuerdos para humanizar el conflicto; de hecho es más probable que la violencia se agrave a lo largo del proceso.
  4. El Acuerdo es la ruta más segura que podía acordarse hacia la paz.
  5. Sin embargo, ya están surgiendo diferencias de interpretación que podrían acentuarse.
  6. Los dos actores decisivos, el Presidente y el Secretariado de las FARC aceptarían una paz negociada. Pero hay sectores de opinión que no aceptan la existencia del proceso.
  7. Entre los cinco puntos de la agenda, el más difícil de negociar será el problema agrario.

El secreto

El Acuerdo se firmó por una razón muy simple: ni el gobierno ni las FARC pierden nada con cumplir exactamente lo pactado en el Acuerdo General para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera.

Dicho de otra manera: aunque sin duda es trascendental -y aunque está lleno de sustancia- el Acuerdo como tal no crea obligaciones y no altera el balance de fuerzas militares ni políticas entre los bandos.

En el Acuerdo no se prevé una zona desmilitarizada, no hay tregua, no hay reformas sociales profundas o no profundas, no hay fin de los atentados, no hay freno al narcotráfico, no hay canje de prisioneros, no hay liberación de secuestrados, no hay medidas para humanizar el conflicto, no hay audiencias multitudinarias, no hay diálogo nacional, no hay periodistas, no hay intermediarios, no hay nada que alguna de las partes pueda usar como ventaja militar o política.

La guerra proseguirá con toda su crudeza y muy probablemente se va a recrudecer. Este hecho horrible resulta casi imposible de aceptar o de entender para la gente. Y sin embargo, esta neutralidad o ausencia de ventajas es justamente la razón por la cual hubo acuerdo, es la explicación de la demora de meses en lograrlo, es la mayor fortaleza del Acuerdo, y es el mejor blindaje del proceso.

El secreto era obvio: el mecanismo para llegar a la paz debe ser independiente de las vicisitudes militares o políticas que la guerra necesariamente implica. Si el mecanismo de por sí le da ventajas a alguna de las partes, esa ventaja se convierte en el motivo o el pretexto para que la otra parte se levante de la mesa.

Lecciones del pasado

Aunque parezca increíble, es la primera vez en la ya larga historia de diálogos con las FARC que se ha cumplido con aquel principio obvio. En palabras más claras: es el primer proceso de paz que se ha intentado entre el Estado y la organización guerrillera más vieja de Colombia.

  • En el proceso más reciente, el del Caguán, un mecanismo para negociar (la zona de distensión) se convirtió en el motivo de la disputa, por las ventajas, los abusos o las interferencias de uno u otro bando. Bajo Pastrana no hubo negociación: hubo 34 meses de controversias en torno a la zona desmilitarizada; estos episodios desacreditaron el proceso de “paz” y produjeron la escalada de la guerra a partir de 2002. Quedó el consuelo de una lección aprendida: esta vez los diálogos transcurrirán por fuera de Colombia y “sin desmilitarizar ni un milímetro del territorio nacional”.
  • Los diálogos de Belisario Betancur fueron surrealistas, en territorio nacional (La Uribe, Meta) y además sin desmilitarizar la zona es decir, sin el consenso o siquiera el permiso de las Fuerzas Armadas. Y sus únicos resultados concretos fueron otros dos errores garrafales, porque alteraban prematuramente el balance militar (el cese al fuego “bilateral” de 1984) y el balance político (la UP como partido legal nacido de las FARC en medio de la guerra). Los reclamos por violación de la tregua y el salvaje exterminio de la UP se encargaron de enterrar el proceso. Pero quedaron dos lecciones aprendidas: en el actual Acuerdo no se pactó cese al fuego; y esta vez la salida de las FARC a la política solo podría venir al final del proceso.
  • No me detengo sobre el tercer intento, el de Caracas – Tlaxcala bajo César Gaviria, porque aunque tuvo el acierto de sesionar en territorio extranjero, en realidad no pasó de la fase exploratoria es decir, no alcanzó a convenir los mecanismos para sentarse a negociar la paz.

El resto de la historia no es de diálogos, sino de declaraciones unilaterales acerca de los diálogos. Desde Guillermo León Valencia hasta Juan Manuel Santos y desde “Marulanda” hasta “Timochenko”, presidentes y comandantes han puesto condiciones que cambiaban el balance militar o político, y que por eso no podían llevar a parte alguna. Para no retroceder mucho en el tiempo, recordaré apenas el despeje de Pradera y Florida, los “inamovibles” del gobierno Uribe y el discurso de Juan Manuel Santos hasta hace pocos días: “Lo hemos dicho claramente: las FARC tienen que renunciar al terrorismo. Ahí podríamos pensar en un diálogo. Antes no”.

En el acuerdo que acaba de firmar con la guerrilla, el gobierno no exigió esa condición. Otra lección aprendida, que por fin hará posible que las partes se sienten a negociar sobre la paz.

La agenda

Además de ese pulso para no darse ventajas militares ni políticas, hubo también un pulso- y muy intenso- para delimitar los cinco temas de negociación. En contraste con la lista de mercado del Caguán (otra lección que pareciera obvia), esta vez cada palabra y cada coma fueron materia de un prolongado tire y afloje, de manera que la agenda refleja milimétricamente las aristas esenciales del conflicto y las condiciones para su resolución.

En la base de todos, está el tema 3 — “fin del conflicto” — que incluye el cese de las hostilidades y el desarme definitivo (exigencias del gobierno) frente a las garantías de seguridad y el tratamiento jurídico de los ex insurgentes (condiciones de las FARC). Este punto es la meta principal del gobierno y sería el paso sin reversa de las FARC.El principio para llegar a definir la agenda parecería trivial: el objetivo de este acuerdo es terminar el conflicto -no humanizar la guerra, ni intercambiar prisioneros, ni simple y llanamente ganar tiempo. Inevitablemente entonces cada parte tenía que incluir sus puntos realmente medulares, el uno para deponer las armas y el otro para minimizar sus concesiones. De ahí los cinco temas acordados:

  • El punto 2 — “participación política”— es consecuencia obligada de que no estemos ante una rendición incondicional o ante un “sometimiento a la justicia” por parte de las FARC; se trataría de la salida negociada del conflicto, donde los insurgentes renuncian a las armas para seguir su lucha política o social por vías pacíficas.
  • El punto 4 — “solución al problema de las drogas ilícitas” — es la prueba de que Colombia no es un país soberano cuando se trata de la guerra y la paz. Acabar el narcotráfico fue la razón de ser del Plan Colombia, fue la instrucción que Pastrana recibió de Clinton cuando viajó al monte a negociar con Marulanda, y es la condición para que este proceso pueda fluir en la geopolítica mundial.
  • El punto 5 —“víctimas” — es la otra mitad de la geopolítica, la de después del Tratado de Roma, la condición para que los firmantes del Acuerdo queden también a salvo de la justicia penal internacional.
  • Y queda el punto 1, el más difícil, el único que toca un problema “estructural” (léase: el único que afecta la propiedad privada) y que lo hace por ser el corazón de este conflicto que ha durado medio siglo: la “política de desarrollo agrario integral”.

Esta es la fuerza principal de las FARC: son campesinas. Esta es la gran debilidad de las FARC: son campesinas. Y esta es la paradoja grande de Colombia: un país abrumadoramente urbano sigue atrapado en una guerra de colonos.

Las FARC admiten que son campesinas, y el Acuerdo ya no habla del “modelo de desarrollo”, ni del “pleno empleo”, ni de “política de servicios públicos”, ni de los otros temas que incluía la agenda del Caguán y que esencialmente pasan por el país urbano.

Pero el gobierno admitió que sin el tema agrario no hay acuerdo, y ambas partes saben que este será el hueso más duro de roer. Por eso establecieron explícitamente que “las conversaciones iniciarán con el punto Política de desarrollo agrario integral y se seguirá con el orden que la Mesa acuerde”. O sea que sin acuerdos sobre este asunto, el proceso no puede seguir avanzando.

Buenos vientos

Dije ya que el Acuerdo se firmó porque las partes no tienen nada que perder. Añado ahora que también se firmó porque las partes tienen mucho que ganar si el proceso se lleva hasta el final.

Pero además del motivo altruista, habría ganancias para los firmantes del Acuerdo Final:No intentaré listar las ventajas de la paz (a mí me basta con que cese la matanza), ni explicar que su firma nos conviene a casi todos (no a todos nos conviene, y por eso persiste la matanza). Doy, pues, por hecho que el gobierno y los mandos de las FARC ganarían con este servicio, de veras extraordinario, a quienes representan o pretenden representar.

  • para Santos están el ser “el presidente de la paz”, la reelección o la Secretaría de la ONU;
  • para los comandantes guerrilleros, está el prospecto de una carrera política (ahí está el referente del M19) y en todo caso está la oportunidad de retirarse sin perderlo todo.

Porque el motor principal tras el Acuerdo sin duda han sido los golpes a las FARC. Diez años de ofensiva militar a toda marcha, la caída de tantos de sus jefes y la aplastante ventaja tecnológica que hoy le lleva el Estado a una guerrilla, inclinaron definitivamente la balanza de fuerzas militares en su contra.

Y en el plano político, las FARC sufrieron el repudio visceral de la opinión (que fue el motivo para elegir y reelegir a Uribe), la rebelión de sus bases sociales (como probaron hace poco los indígenas del Cauca) y la pérdida de los “canjeables”, que eran su mayor – y casi único – instrumento de presión política.

Los reveses militares y políticos de la insurgencia deberían inducirla a buscar una salida negociada. Pero la paz – lo mismo que la guerra – no es un hecho inevitable, sino una decisión de quienes la ejecutan: por eso puede ser (y suele ser) que el bando golpeado se mantenga en la guerra aunque todo le indique que ya está perdida. Digo esta otra obviedad porque, así las FARC estén “estratégicamente derrotadas”, la guerra de su parte seguirá hasta que sus comandantes decidan continuarla.

Con todo y eso hay señales elocuentes de que el mando de las FARC se ha convencido de que la guerra no puede ser ganada, o sea que ya pasamos por el punto de quiebre y que la paz ahora sí es posible:

  • Esas señales han sido la admisión reiterada y más o menos explícita de que las FARC no pueden tomarse el poder, en sucesivos escritos de “Timochenko” y en documentos del Secretariado.
  • Otros signos inequívocamente alentadores son la subscripción de una agenda limitada y con acento reformista, pero visiblemente no revolucionario, sumada al hecho mismo de que esta vez firmaron sin obtener ventajas militares o políticas.

El gobierno también está dispuesto a darle un chance de verdad a la paz. Su manejo impecable del proceso, la inclusión o consulta a los mandos militares, y la escogencia de negociadores que tienen tras de sí a los poderes reales del país, son muestras no menos inequívocas de que la apuesta va en serio.

Son muchos los sectores o corrientes de opinión que no están o no estarán de acuerdo con el proceso, pero el Gobierno Nacional -que representa y que habla en nombre de la nación– ha decidido hacer esa apuesta.

Malos vientos

Que nadie se equivoque: es muy posible que los poderes reales del país y una guerrilla dogmática y curtida no lleguen al Acuerdo Final para la paz. Y además, será preciso imponerse sobre los sectores que ni siquiera aceptan la existencia del proceso.

Podría detenerme a señalar que el argumento de Uribe (a) implica una falacia (porque las condiciones para “someterse a la justicia” podrían ser sumamente radicales o excesivas), (b) que es puramente ideológico (“no a la negociación” es apenas otro modo de afirmar que no hay conflicto interno), o que (c) el argumento de Uribe no es consistente con el trato que su gobierno dio a las AUC.No sabemos si del lado de las FARC hay disidentes, pero podría haberlos. Eso sí: sabemos con seguridad que una corriente de opinión se opone a negociar con las guerrillas, y Álvaro Uribe – su mejor vocero – resume este sentir en una frase: “la única forma de negociar es el sometimiento a la justicia”.

Pero ese no es el punto: el punto es que hay demasiada rabia y demasiado dolor y demasiada desconfianza acumulada y fundada en contra de las FARC, y que el gobierno Santos tendrá que remontar esta barrera para seguir con la negociación.

Será difícil, porque el Acuerdo es distinto de la paz, y más bien tiende a endurecer la guerra. En una mesa de negociación, lo acordado corresponde a la relación de poderes o de fuerzas que exista entre los bandos. Y esto es peor en el caso colombiano,

  • Porque las FARC son un “gigante militar pero un enano político”, o sea que en vez de marchas o manifestaciones multitudinarias, lo que tendrán “para mostrar” son sus golpes militares (tal vez porque lo sabe, “Timochenko” concentró su discurso en apelar a las masas populares, como hoy anota Adolfo Atehortúa en este misma revista).
  • Y entre las Fuerzas Armadas hay la creencia de que el triunfo está al alcance de la mano, de manera que en la operación “Espada de Honor” van a “restearse” contra las guerrillas (aquí remito al texto de Carlos Alfonso Velázquez en la edición de hoy).

El que no disminuya o se agrave la violencia será per se un obstáculo mayúsculo al proceso. Los colombianos, con derecho y con razón, reclamamos el final inmediato del desangre, y brotará de muchas voces la exigencia de que cese el fuego.

Pero el cese, ya descartado por el presidente, no es ni siquiera posible, porque las partes acordaron que “las conversaciones se darán bajo el principio de que nada está acordado hasta que todo esté acordado” (punto final del Acuerdo). Esta flexibilidad es necesaria para poder “cerrar el contrato”, pero también implica que ningún acuerdo entrará en vigencia antes del final.

Y así llegamos al problema de las interpretaciones. La virtud fundamental del Acuerdo es precisar con claridad y con rigor los temas y las reglas para llegar hasta el final del proceso. Y sin embargo un texto siempre está abierto a interpretaciones, de manera que en el mundo real ningún contrato puede ser exhaustivo:

  • Ya se produjo un desacuerdo sobre el cese de fuego, cuando las FARC anunciaron desde Cuba que esta sería su primera propuesta.
  • Del otro lado están los anuncios del gobierno sobre programas (de víctimas, de tierras…) que ya está realizando o ha previsto en sus planes, como una suerte de “cuota inicial” dentro del proceso. Esta es una manera de tranquilizar a los poderes reales y a la opinión nacional sobre el alcance eventual de las reformas. Pero es un pésimo augurio, porque desconoce la esencia del Acuerdo: es para negociar, es decir, para adoptar medidas o reformas que de otro modo no se habrían adoptado.

Dijo “Timochenko” que estuvieron “seis meses batallando” para escribir la parte introductoria o el “marco de principios que deberá materializarse en la agenda pactada” Esos principios incluyen la “justicia social”, la “equidad”, la “democracia” y otras nociones o ideales que los lógicos llaman “conceptos esencialmente controvertidos”[1], porque no es posible que ideologías diferentes los entiendan de la misma manera.

El concepto de paz pertenece a esta misma categoría, y por eso el Acuerdo reconoce que una cosa es “la terminación del conflicto” y otra es “la construcción de una paz estable y duradera”.

El diablo sigue estando en los detalles.

Así que en conclusión, está semana cambiaron muchas cosas en Colombia… y sin embargo no ha cambiado nada.

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Acerca de Alejandro Reyes Posada

Abogado y sociólogo. Investigador de asuntos agrarios y de tierras desde 1968. Asesor del ministro de agricultura Juan Camilo Restrepo y de la delegación del gobierno en la negociación del punto agrario de las conversaciones de paz con las Farc en La Habana entre octubre de 2012 y mayo de 2013. Actualmente soy consultor e investigador independiente.
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