ATERRIZAJE EN LA SELVA DEL VAUPÉS

 

En la mitad del trayecto entre San José del Guaviare y Mitú, volando sobre el tapete amazónico, una rápida cortina de cúmulos blancos cerró toda vía de escape a la avioneta monomotor. El piloto, veterano de Vietnam, estudió el mapa de navegación y descubrió que en 1945, veinticuatro años antes, había sido abandonada una pista cercana, en las cabeceras del río Unilla, conocida como Calamar. Había sido construida por la Rubber Company durante la segunda guerra mundial para transportar el caucho extraído por los indígenas. El piloto advirtió que encontrar la pista era la única esperanza de supervivencia que quedaba. Bajó la avioneta y voló haciendo eses para encontrar el Unilla. Cuando apareció, el alma volvió a reunirse con el cuerpo de los cuatro pasajeros. Un rato después la avioneta tocó tierra en la pista, cubierta por pastos sin podar en los últimos 25 años. La hélice abrió un surco redondo por donde aterrizó la avioneta dando tumbos y avanzó con todas las ventanas tapadas por la cortina cerrada de hierba.

En una esquina del claro de selva había un rancho de palma y madera, construido sobre una plataforma de cemento abandonada por la compañía. Allí vivían tres hombres y dos mujeres de la cacería de tigres y la venta de sus pieles en San José del Guaviare. Su arreglo de parejas era perfecto, porque siempre había un hombre que por turno hacía el viaje de 20 días a pie por la selva hasta San José, para vender pieles y cambiarlas por provisiones, que traía en un morral a la espalda. El último año habían cazado 8 tigres y ahora se quejaban porque era más difícil rastrearlos cada vez más lejos. Su otra preocupación era que las manadas de cerdos salvajes eran ahora más grandes y agresivas y a veces los obligaban a encerrarse en la parte alta del rancho, mientras la manada merodeaba abajo comiendo todo lo que encontrara, incluyendo la huerta.

En una ocasión uno de los cazadores oyó la presencia de la manada y subió a un árbol alto para matar un cerdo. Su único error fue dispararle al primero. Apenas cayó muerto el líder, el resto de la manada rodeó el árbol y con los colmillos empezó a talarlo sin descanso, hasta tumbarlo. Su suerte fue que el árbol al caer se recostó contra otro y el hombre quedó colgando fuera del alcance de los cerdos, que se lo hubieran comido vivo. Al día siguiente, cuando la manada se retiró, pudo bajar del árbol.

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Acerca de Alejandro Reyes Posada

Abogado y sociólogo. Investigador de asuntos agrarios y de tierras desde 1968. Asesor del ministro de agricultura Juan Camilo Restrepo y de la delegación del gobierno en la negociación del punto agrario de las conversaciones de paz con las Farc en La Habana entre octubre de 2012 y mayo de 2013. Actualmente soy consultor e investigador independiente.
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