LA REBELIÓN INDÍGENA DE PLANAS

En la región del río Planas, igual que en los demás afluentes del Vichada, a comienzos de los años setenta había una malla de pequeños caseríos dispersos del pueblo Guahibo, asediados por la incipiente colonización. Los Guahibo eran seminómadas y recorrían a pié un gran territorio de los llanos del Orinoco, en Colombia y Venezuela. Hacían pequeños cultivos de yuca brava, plátano y arroz, cazaban, pescaban y recolectaban frutos del bosque y palma de cumare para las hamacas. Por la escasez de recursos, cambiaban frecuentemente de vivienda y por tanto dejaban el territorio en descanso para mantener intacto el ecosistema. Eran expertos astrónomos, porque se orientaban de noche por las estrellas, y entre sus habilidades destacaba el manejo del arco y flecha en la cacería y la pesca. Todas las noches se reunía la comunidad, en cada aldea, para conversar, resolver todos los asuntos e improvisar, en cantos, los relatos del día.

Cuando llegaron los primeros colonos a comienzos de los años sesenta quedaron deslumbrados por la inmensidad del territorio. Proclamaron como propias enormes extensiones, hasta de 70.000 hectáreas, enmarcándolas entre dos ríos como linderos y cercando la distancia más corta entre las dos cabeceras o nacimientos. Muchas veces las aldeas indígenas quedaban incluidas dentro de las nuevas haciendas imaginarias. Los colonos despejaron territorios con la práctica de organizar expediciones de cacería de indígenas, conocidas como “guahibiadas”, explicadas como necesarias para proteger los ganados del abigeato, pues se acusaba a los Guahibo de matar a flechazos, para comer, como cualquier pieza de caza, las reses que se acercaban a sus aldeas.

Los pocos comerciantes que llegaban en camión hasta la región encontraron su mina de oro en el negocio de intercambiar mercancías por artesanías indígenas, en especial las hamacas y cestos elaborados con fibras de la palma de cumare, con buenas ganancias por las grandes diferencias de precios. Un inspector de policía llamado Rafael Jaramillo Ulloa decidió ayudar a los indígenas a librarse de la explotación de los comerciantes y fundó en 1968 una cooperativa, consiguió un camión y organizó el comercio de artesanías y la compra de mercancías de primera necesidad, a precios favorables. Al poco tiempo se ganó la enemistad de los colonos y comerciantes y surgieron amenazas contra su vida y la de los indígenas que participaban en la cooperativa. Jaramillo, como buen paisa, decidió resistir y organizar un sistema de autodefensa, contando con tres escopetas de cacería y las flechas de los indígenas.

Una madrugada rodearon la casa de la familia de Evangelista Hernández, un colono que se había fundado muy cerca de la aldea de San Rafael de Planas, en el corazón del territorio Guahibo, y mataron a flechazos a sus once habitantes, incluidos las mujeres y los niños. Cuando un vecino descubrió lo sucedido, avisó a las autoridades de Villavicencio y corrió la alarma en toda la región. Acusaron a Jaramillo de dirigir una guerrilla indígena y presionaron a Bogotá para ordenar una expedición militar contra ellos.

Con la ayuda de un comerciante que conocía la región, las tropas llegaron a San Rafael de Planas, sede de la cooperativa. Encontraron el pueblo vacío, igual que los otros 50 caseríos donde habitaba la etnia Guahibo. La sorpresa de los comandantes militares fue encontrarse con comunidades vacías donde no había forma de averiguar sobre el paradero de Rafael Jaramillo y su pequeño grupo de arqueros indígenas, que huían en el camión de la cooperativa. Días antes, cuando se temía la ocupación militar, Sofía Müler, una misionera estadounidense de Nuevas Tribus que había convertido al cristianismo a muchos guahibos, había regado la orden de abandonar los poblados y refugiarse en la selva, para evitar la repetición de los abusos que las tropas habían cometido durante la violencia de los años cincuenta, que dejó una memoria de violaciones, torturas y asesinatos que se transmitía en los relatos de padres a hijos.

La llanura inmensa reducía a puntos y líneas en el horizonte las “matas de monte” que enmarcaban, como largos brazos de selva, las quebradas y los ríos. La menor desviación en el rumbo hacía perder días de viaje, para desembocar en la ribera infranqueable del siguiente río. Los caminos del llano se marcan al pasar varias veces el vehículo por la misma senda, de manera que quienes se pierden abren más caminos que quienes conocen el rumbo. A falta de puentes, el camino pasa por detrás de las cabeceras de los caños y ríos, dando rodeos muy amplios. En este paisaje llanero nació la palabra “descabecerar” el río.

Después de acampar algunos días en San Rafael, la tropa comenzó a rastrear a los indígenas en las “matas de monte” o filamentos de selva que bordea los ríos y donde se caza, pesca y cultiva. Los llantos de los bebés delataron su presencia y pronto fue capturado el primer clan familiar, que se escondió a medio día de camino de la aldea. Lo que hicieron las tropas ese día de julio de 1970 fue informado al sacerdote monfortiano que recorría la región ayudando a los indígenas. Él, a su vez, con el corazón hecho un nudo, lo denunció en una reunión de curas que reunía representantes de todas las diócesis del país en Villavicencio. Allí estaba Gustavo Pérez Ramírez, un sacerdote joven que acababa de regresar de estudiar sociología en Lovaina, Bélgica, y que luchaba, junto con el cura Camilo Torres, para que la iglesia se comprometiera con los pobres, siguiendo el espíritu del Concilio Vaticano II, inspirado en el papa Juan XXIII.

El padre Gustavo denunció en los foros universitarios y en la prensa la muerte de varios indígenas, incluidas mujeres y niños, y la tortura contra varios otros, en los interrogatorios para averiguar el paradero de los indígenas levantados, que huían en el camión de la cooperativa hacia el río Uva, rumbo a las selvas del Guaviare. Al padre Gustavo lo obligaron a cerrar su fundación dedicada a los medios de comunicación al alcance de los sectores populares, el Icodes, y luego lo obligaron a salir del país. Un tiempo después ingresó a un alto cargo en las Naciones Unidas y trabajó en proyectos sociales en países del tercer mundo.

Después de suspendida la persecución de las tropas, los indígenas regresaron a sus poblados y los colonos siguieron reclamando como propias las tierras, hasta cuando el gobierno, en 1975, constituyó la gran reserva de Planas, que preservó legalmente una parte del territorio Guahibo, con más de tres y medio millones de hectáreas en el Meta y Vichada.

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Acerca de Alejandro Reyes Posada

Abogado y sociólogo. Investigador de asuntos agrarios y de tierras desde 1968. Asesor del ministro de agricultura Juan Camilo Restrepo y de la delegación del gobierno en la negociación del punto agrario de las conversaciones de paz con las Farc en La Habana entre octubre de 2012 y mayo de 2013. Actualmente soy consultor e investigador independiente.
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