VENTA DE INDÍGENAS EN EL VAUPÉS

En 1968 el obispo de Mitú, Belarmino Correa, denunció en la prensa de Bogotá que en el Vaupés había compra y venta de indígenas para los trabajos del caucho. Como Coordinador de Asuntos Indígenas del Ministerio de Gobierno viajé en misión oficial para investigar la situación y recorrí todos los lugares poblados donde podía aterrizar la avioneta o se podía viajar en bote por los ríos.

En Vaupés había unos 15.000 indígenas, pertenecientes a 57 etnias, y los caucheros, unos 300 hombres que habían quedado como empresarios luego de la fiebre del caucho durante la segunda guerra mundial, usaban el sistema del endeude para asegurar la disponibilidad de recolectores. Cada cauchero llevaba un libro de cuentas donde anotaba, con precios inflados, el valor de las mercancías e insumos que daba a cada indígena para comprometerlo a trabajar durante los diez meses al año que duraba la recolección. Como el problema era asegurar la sujeción de los trabajadores, había un pacto entre los caucheros y las autoridades locales, también caucheros, para capturar al indígena que se fugara de una plantación y devolverlo a su dueño.

La otra clave del negocio era el manejo de las cuentas. El cauchero se aseguraba que las deudas siempre fueran superiores al valor del caucho extraído. Había indígenas trabajando para pagar deudas de sus padres o abuelos, si estos habían muerto debiendo dinero al cauchero. Al terminar cada período de recolección, cada indígena retornaba a su caserío durante dos meses, para regresar luego a seguir pagando su deuda al cauchero con el caucho extraído de los árboles. Los poblados permanecían sin hombres durante la mayor parte del año y, por lo tanto, muchas tareas indispensables dejaban de realizarse. Los niños eran recluidos a la fuerza en los internados católicos, pues el gobierno había delegado a la Iglesia, por el Tratado de Misiones con la Santa Sede de Roma, la reducción de los salvajes a la civilización cristiana, según decía la fórmula legal.

La lista de los maltratos que sufrían los indígenas era interminable. Todos los caucheros vivían armados y tenían capataces especializados en hacerse temer por los indígenas. Eran frecuentes las palizas con la parte plana del machete, llamados planazos, los asesinatos y torturas. Usaban el cepo como castigo contra quienes intentaban la fuga y eran capturados. Permanecían días y noches con la cabeza y las manos prensados entre los agujeros de dos gruesos maderos que les impedían moverse, expuestos a la intemperie y los insectos. Las mujeres indígenas estaban al servicio personal del cauchero, eran las encargadas de cultivar y preparar los alimentos y servían de rehenes para asegurar que los maridos no se fugaran de la plantación.

Existía también el mercado de compra y venta de indígenas que había originado la denuncia del obispo. Cada indígena costaba el valor de su deuda con el cauchero, que crecía cada año. Al ser vendido, el indígena tenía que desplazarse a la nueva cauchería y comenzar de nuevo su sometimiento a un nuevo amo. Todas las autoridades tenían caucherías y el comandante de la policía, también cauchero, era el encargado de devolver a su dueño los indígenas fugados que regresaban a su aldea.

La Caja Agraria era la entidad que financiaba el sistema. Al comienzo de año entregaba créditos a los caucheros para comprar mercancías con las cuales endeudar a los indígenas. Luego compraba localmente el caucho extraído y lo enviaba a las fábricas que lo consumían. Los industriales tenían la obligación de comprar a la Caja Agraria la producción nacional como condición para que el gobierno les permitiera importar el caucho de Malasia, cuya calidad superior era la única que realmente les servía en el proceso productivo. El caucho del Vaupés era revendido a los pequeños artesanos manuales, que no tenían el riesgo de dañar las máquinas cuando el caucho era mezclado con piedras para aumentar su peso y valor. Toda la urdimbre de normas legales que permitían operar el sistema por la Caja Agraria había sido tejida cuidadosamente en el Congreso por Hernando Durán Dussan, el político liberal que recogía en cada elección el caudal de votos administrado por los caucheros. Con ello, decía el político, aseguraba la presencia de la civilización en el mundo salvaje de la frontera y de paso su perpetua reelección.

El informe sobre la situación de los indígenas impresionó al Ministro de Gobierno, Carlos Augusto noriega, un curtido político conservador apodado el Tigrillo, por la beligerancia de sus argumentos. De inmediato citó una reunión para decidir el curso de acción del gobierno. Yo describí lo que había visto y la decisión unánime fue terminar con la explotación de los indígenas y suprimir todo el crédito que la Caja Agraria concedía para la extracción de caucho en la selva amazónica. El impacto regional fue inmediato, porque a los pocos días se iniciaba la aprobación de los créditos para comprar las mercancías del endeude. Los caucheros quedaron sin dinero y las caucherías quebraron. Los indígenas fueron liberados y regresaron a sus caseríos. Como no había dinero, ninguno podía vender sus indígenas a otro y por tanto perdieron todo su valor de mercado.

Cuando el desmonte del caucho era irreversible, a los tres meses de la quiebra colectiva, el gobierno ofreció a los caucheros la alternativa de vincularse a la colonización del frente San José del Guaviare – El Retorno, con apoyo crediticio y asignación de tierras baldías. Algunos aceptaron la propuesta y alimentaron la colonización del Guaviare. Algunos años después llegó la coca y redimió a los antiguos caucheros, que reinstalaron la fórmula económica que rige en la selva amazónica, donde no existe el comercio: mercancías – dinero – mercancías, y su simplificación en las zonas de cultivo: mercancías – coca – mercancías.

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Acerca de Alejandro Reyes Posada

Abogado y sociólogo. Investigador de asuntos agrarios y de tierras desde 1968. Asesor del ministro de agricultura Juan Camilo Restrepo y de la delegación del gobierno en la negociación del punto agrario de las conversaciones de paz con las Farc en La Habana entre octubre de 2012 y mayo de 2013. Actualmente soy consultor e investigador independiente.
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