LA DISPLICENCIA EN EL MANEJO DEL POSCONFLICTO

Publicado en EL ESPECTADOR el domingo 8 de octubre de 2017

Colombia se expone al peor riesgo de los procesos de paz: fracasar en la rápida implementación del posconflicto y pasar a una etapa muy extraña, en la que no hay conflicto armado explícito pero tampoco hay paz en los territorios afectados por la guerra, sino un proceso de mutación de los conflictos anteriores y de reemplazo de grupos armados por nuevas bandas del crimen organizado.

El diccionario define la displicencia como “desaliento en la realización de una cosa, por dudar de su bondad o de su éxito” y también como “desagrado o indiferencia en el trato”. Ambos significados iluminan lo que está ocurriendo con las tareas del posconflicto y describen el estado de ánimo de algunos de los principales encargados de cumplir los compromisos del acuerdo de paz. Esos sentimientos de desaliento, desagrado e indiferencia en el trato reflejan el odio y desprecio acumulados contra las guerrillas, y son exacerbados por el oportunismo político del senador Uribe, quien a su vez articula los intereses de las clases rentistas emergentes que prosperaron con la guerra de guerrillas.

Esa displicencia contrasta abiertamente con la esperanza de los campesinos que sí vivieron la guerra como víctimas, que sienten que la paz las reconoce como agentes de una transformación social profunda que haga realidad sus derechos siempre postergados, y de los jóvenes, que esperan que la paz les devuelva el país de oportunidades que les fue expropiado por el miedo a la violencia. La esperanza defraudada conduce a la frustración, que incuba nueva violencia.

El acuerdo de paz con las Farc, sumado al que se alcance con el Eln, contiene la promesa de una apertura democrática para que las comunidades tengan voz y voto en sus territorios para desarrollarlos desde abajo, con la suma de esfuerzos de todos y con beneficios bien repartidos, no para las multinacionales ni los grandes rentistas de la tierra que pertenece a todos. El acuerdo de paz, además, traza la ruta para integrar los territorios periféricos al desarrollo, con una reforma rural integral que reconozca el derecho a tener bienes públicos esenciales para la dignidad humana, como tierra fértil bien localizada, agua potable, vivienda, educación y salud.

Es notable el contraste entre el enorme esfuerzo que condujo a la paz con las Farc, que contó con el liderazgo de Humberto De La Calle y la inteligencia estratégica de Sergio Jaramillo, con la displicencia con la que se ha manejado el posconflicto, con retraso en todas las tareas y sin un líder asertivo que impulse el trabajo con decisión y entusiasmo. Las Farc, por su parte, aunque cumplieron los compromisos de entrega de armas y desmovilización de combatientes, tampoco aceptaron usar el experimentado aparato de reintegración del gobierno, que les hubiera ahorrado la deserción y desbandada individual de sus miembros y hubiera facilitado su educación y capacitación para el trabajo.

El presidente Santos entregará a su sucesor un país sin conflicto armado y sin posconflicto organizado, con un mayor riesgo de reciclar la violencia. La campaña electoral definirá si los colombianos elegimos a quienes se comprometen a cumplir los acuerdos de paz, o si le dan un cheque en blanco a quienes prometen volverlos trizas y regresarnos al pantano sin salida de la guerra interna.

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LA PAZ SE FUNDA EN EL PERDÓN Y LA PROMESA

Publicado en EL ESPECTADOR el domingo 10 de septiembre de 2017

El perdón es la única manera de impedir que los actos del pasado arrastren su carga de dolor y venganza hacia el futuro, así como la promesa es la única forma de unir el presente al futuro, al hacer posibles los acuerdos, que son promesas recíprocas. Corresponde a Hanna Arendt el mérito de haber situado el perdón y la promesa en el centro del análisis político con estas precisas connotaciones. Seguir leyendo

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INSTRUMENTOS PARA ARREGLAR EL PROBLEMA DE LA TIERRA

Publicado en EL ESPECTADOR el 26 de agosto de 2017

Por primera vez en la historia colombiana, con el decreto ley 902 de 2017, el estado dispone de instrumentos adecuados para hacer efectivamente la tarea, siempre aplazada, de ordenar socialmente la propiedad y uso de la tierra. En los intentos pasados, los legisladores se cuidaron muy bien de consignar en leyes las aspiraciones de reformar la tenencia con declaraciones retóricas, acompañadas siempre de trabas procesales para que nunca pudieran concluir los procesos agrarios, hasta engavetarlos en el congelador del Consejo de Estado. Seguir leyendo

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ES LA PAZ, ESTÚPIDO

Publicado en EL ESPECTADOR el 13 de agosto de 2017

Mucha gente se pregunta por qué está creciendo la agricultura y hasta hay quien cobra los méritos como propios. La verdad es más simple. Los campesinos de muchas regiones sacaron la plata que habían escondido bajo el colchón durante la guerra y se pusieron a sembrar, porque sienten que llegó la paz a sus veredas. La paz les restableció su confianza inversionista, que no es otra cosa que la esperanza de que su cosecha no termine en las manos del extorsionista de turno, y por eso comienza a crecer un entusiasmo productivo para arreglar su casa, comprar maquinaria y animales de cría y ampliar los cultivos. Seguir leyendo

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EL INCIERTO CAPITAL POLÍTICO DE LA PAZ

Publicado en EL ESPECTADOR el 29 de julio de 2017

El presidente Uribe recibió en 2002 un Estado a punto de colapsar y lo transformó en otro que recuperó el control territorial y la confianza de una buena parte del pueblo en que la fuerza pública podía darle seguridad bajo su mano firme. Esta proeza explica la sostenida popularidad del ex – presidente. Él y una gran parte de sus seguidores coincidieron en percibir al gobierno como una máquina ineficiente, perezosa y capturada por intereses corruptos, y estuvieron de acuerdo en reemplazarlo por un modelo de caudillismo democrático, de cara a la comunidad, que consideraron una forma de gobierno más eficaz para solucionar los problemas del país.

Álvaro Uribe gerenció personalmente los asuntos locales en los consejos comunitarios, pero la consecuencia de su activismo fue que instauró un modelo centrado en su liderazgo personal, que marchaba o se detenía según el impulso del presidente. Su atención al detalle le alcanzaba para dirigir personalmente algunas políticas prioritarias, pero el costo oculto fue inhibir la iniciativa y la capacidad de sus colaboradores para estructurar políticas de fondo y menos aún para consensuarlas en el debate democrático. Uribe devolvió la sensación de seguridad, pero heredó un aparato de gobierno impotente para agenciar transformaciones de largo aliento, necesarias para entrar en la senda del desarrollo sostenido.

Santos no ejerce un liderazgo personal que convoque multitudes ni que despierte la devoción irrestricta de sus seguidores, y delega en sus ministros la dirección y ejecución de las políticas, cuyo acierto o fracaso define su permanencia o su reemplazo. En su primer mandato tuvo aciertos notables, como la estructuración de los grandes proyectos de infraestructura por Germán Cardona, la restitución de tierras agenciada por Juan Camilo Restrepo, o el restablecimiento de relaciones con los vecinos por María Ángela Holguín, pero tuvo muchas áreas de gobierno donde no hubo capacidad institucional ni liderazgo para hacer bien la tarea, dependiendo de los compromisos de las cuotas políticas representadas en los altos funcionarios.

La obra histórica de Santos es haber logrado la paz con la mayor guerrilla del hemisferio y haber sentado a la segunda en la mesa de conversaciones de Quito. Para lograrlo, sin carisma personal ni capital político propio, tuvo que negociar primero con una coalición heterogénea de jefes políticos interesados en que la mermelada llegara a sus tostadas, que cobraron en efectivo su participación en la unidad nacional y su apoyo al proceso de paz. Eso le dio velocidad de crucero a la locomotora de la corrupción.

Por eso la verdadera negociación de paz, que consistió en pactar los cambios estructurales que necesitan el mundo rural y la democracia, con participación popular, a cambio de la desmovilización de las guerrillas, encuentran un ambiente político sin consenso para hacerlos, es decir, un cheque sin fondos políticos para pagar la cuenta prometida, que tendrá que pagar el sucesor de Santos desde el 2018.

Los fondos de capital político para realizar los cambios sociales de la paz tendrán que venir de un consenso ciudadano cada vez más robusto a favor de la modernización de las estructuras arcaicas que frenan el desarrollo, como el feudalismo agrario y la corrupción política en cascada, y no saldrán de los barones electorales que se lucraron de la guerra y del proceso de paz.

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CONSULTAS POPULARES Y CAMBIO CLIMÁTICO

Publicado en EL ESPECTADOR el 16 de julio de 2017

La politóloga estadounidense Elinor Ostrom ganó el premio Nobel de economía en 2009 por sus trabajos sobre el gobierno de los bienes comunes, que plantea el conflicto entre el interés individual de maximizar ganancias y el interés común de usar los recursos de manera sostenible, cuya respuesta encontró en el tipo de instituciones que favorecen uno u otro. En Colombia estamos viviendo el dilema de manera aguda con los recursos naturales más básicos para la supervivencia, que son el subsuelo, los suelos, las aguas y los bosques. Como ellos forman un todo integrado, la explotación de uno de los recursos supone la afectación negativa de los otros. El caso extremo es el de la minería ilegal del oro, que destruye y contamina con mercurio las riberas y los ríos, acaba la pesca y elimina los suelos cultivables a su paso. Seguir leyendo

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EL PODER Y LA VIOLENCIA

Publicado en EL ESPECTADOR el 1 de julio de 2017

La gran pensadora alemana Hanna Arendt denunció la falsedad de la tradición de considerar el poder como el resultado de la violencia, o según la fórmula de Clausewitz, de pensar que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, en la que coincidieron los marxistas y los liberales. Poder y violencia, para ella, son opuestos, pues donde uno existe absolutamente el otro desaparece. El máximo del poder es el de todos contra uno y el máximo de violencia es la de uno contra todos. La violencia necesita instrumentos, mientras el poder requiere actuar en concierto con otros, y sus instrumentos no son materiales, pues consisten en la palabra y la acción. Donde se pierde la capacidad de la acción concertada, el poder se evapora y finalmente desaparece, y ninguna fuerza ni violencia es capaz de compensar esta pérdida. La violencia es capaz de destruir el poder, pero es incapaz de crearlo. Seguir leyendo

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